Gastropología; el bar como espacio de libertad espacial

Afirmo que el principal valor que aporta Gastropología es la capacidad de reflexionar (teorizando) sobre la naturaleza del espacio Bar/Restaurante como preeminente agente sociabilizador. Más allá de la aplicación en la fábrica y explotación que los restauradores podemos hacer de sus propuestas (interpretando los conceptos expuestos por la disciplina), e incluso del interés que pueda suscitar como generadora de conocimiento científico.


Gastropología pretende construir material sugestionante, debido en gran parte por la propia capacidad que otorga estar sujeta y ser parte ya, del corpus teórico de la Antropología Social y Cultural, que tiene por costumbre alumbrarnos con nuevas perspectivas de la realidad.


En el marco Bar/Restaurante actuamos y pensamos más por impulso que por hábito, siempre y cuando nos encontremos inmersos en una atmósfera de libertad.


El Bar/Restaurante, es, por lo tanto, la cuna común o el crisol que engarza individualidades, transformándolas en colectivo. Esos colectivos maman de la comensalidad y a su vez amamantan a los propios comensales; entregados estos a un ejercicio de socialismo expiatorio. El Bar es aquí el continente en el cual las individualidades se diluyen en lo colectivo, regido por la suspensión de cualquier juicio de la moral.


El compromiso con el semejante se da cuando nos vence el marco, que es homogéneo en los espacios propios del Bar/ Restaurante. Quedan en un segundo plano los objetivos con los que nos propongamos acercarnos a esta catarata franqueable. Acudimos al Bar como quien va a un baile de máscaras que empieza solo cuando alguien nos desenmascara. Esta libertad con apariencia de “Ángel exterminador”, nos despoja, nos encandila y desata en nosotros lo salvaje; proyectándonos en el mismo plano que nos recuerda nuestra corporalidad ineludible.


Es ahí, en esa perdición donde encontramos al otro. Emociones similares se despiertan de forma instintiva, animal: con la intensidad y con la finalidad de empujarnos a actuar en conformidad a lo que sentimos en ese preciso instante y a lo que olemos (intuimos) en el desconocido. Nos vence, por lo tanto, el embrujo del otro que brilla precisamente por la embriaguez del ser animal que ha logrado resucitar.


Nos sentimos impelidos a generar vínculos primarios y a dejarnos seducir; hacemos brillar al otro para reflejarnos en sus pupilas. Vibramos por aquel deseo irrefrenable, que la libertad despierta en nosotros. Es una catarsis colectiva: una liberación de cualquier imperativo moral que ahuyenta las etiquetas y sus miedos. Revolucionaria en tanto en cuanto nos iguala y nos devuelve la dignidad de las pasiones, que el ordenamiento y el pudor o la vergüenza de ahí fuera (el espacio público o los encajes domésticos) intenta imponernos.


Quien atenta a esa libertad (sea el profesional que la coarta, o el cliente que la rechaza) es el responsable de impedir grandes momentos y de tergiversar la universalidad del código Bar, postulando nuevas asimetrías, del todo negativas para la fluidez relacional.


Es por esto que defino el Bar como “frontera”, aspecto ya referido en artículos anteriores. Es un espacio repleto de posibilidades, donde la única manera de estar y actuar, es con nuestra faceta más auténtica. Siempre resulta más fácil disfrutar con el extraño, el ajeno, que seguir peleando con el familiar, el conocido. Es por decirlo de alguna manera inofensiva, la excusa perfecta.


Estar en el Bar se asemeja al invitado ideal de una boda, ese que lo da todo en la jarana del convite: debe estar tan dispuesto a emborracharse como a entonar quince veces “vivan los novios”. Si no está dispuesto a dejarse llevar por la alegría de la ocasión, es mejor que se quede en su casa.