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La resaca del virus: ¿dónde está mi bar?

Actualizado: 25 jul 2023

Cené, una noche del febrero barcelonés, con un personaje entusiásticamente entusiasmado; un tipo del que después me hice amigo. Era el invierno del 2020 y ambos fuimos citados por un tercero y su pareja en una vivienda unifamiliar, escarpada por las faldas de Collserola. La noche oscura, sin luna, con la luminaria tan precaria de aquella zona de la ciudad, dio paso a una velada en la que la luz interior que los anfitriones habían diseñado, nos llevó a todos los comensales a confraternizar de inmediato. De ahí, a la confesión entre compadres, un par de horas. Las necesarias para que el vino redujese distancias, la comida abriese temáticas y las palabras iniciasen historias de vida.

Resultó que J y un servidor éramos colegas, ambos dos, montábamos bares, juguetes convivenciales, ambos dos, habíamos regresado a Barna por la puerta grande, cargados de proyectos, tras un periplo internacional por su parte e intercomarcal por la mía.

A J. le sonaban mis garitos, a mí los suyos me parecían extraordinarios, en concreto uno que servía comida oriental en el barrio de Gracia.

- Joder J., eres un fenómeno, es mi bar de cabecera cuando voy a los cines Verdi, te admiro, fuiste un pionero al introducir en la ciudad, la fusión de comida oriental con el ambiente casual de taberna cosmopolita, ¡felicidades!

En esto y sin los aquellos, nos llegó la crisis, con parca y con temor, con ruina para los del sector, con dudas sobre la realidad y con resignación. Pero esto ya lo sabéis bien, esto cansa.

J se movilizó. Me llamaba de vez en cuando, para que me sumara a la lucha contra los que creíamos que estaban estrangulando la vida que quedaba, con medidas criminalizadoras, inculpatorias. Fue a todas las ruidosas manifas de la Plaza de Sant Jaume, cogió pancartas, megáfonos, tambores, octavillas. Me convocaba siempre para que le hiciera compañía, a su manera, entusiásticamente entusiasmado.

Le daba ánimos y le admiraba, aunque eso ya lo he dicho antes; por los garitos que se burlaba, concretamente por el de comida picante oriental.

No fui nunca a las convocatorias, estuve ausente, a mí las palabras me las había robado la mascarilla. La urgencia de batalla, no encontró aliado en mi mudez. Me sabe mal no haber acompañado físicamente a J en alguna concentración, aun sabiendo lo inútil de la protesta y la prohibición de cruzar fronteras, que me mantuvieron en Aragón.

Cuando regrese a la cinéfila calle Verdi, no es necesario que me pregunte dónde está mi bar de cabecera. Se lo ha llevado la normativa, lo ha cerrado un gobierno cualquiera.

Los míos también han caído, J. No llegué a tiempo, cuando reabrieron la frontera no quedaba nada.

Sergio Gil

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