• Gastropologia

Postal de verano. La calle y el espacio público

Este agosto de bajo estío, me impelió a escribir hace unas semanas una postal de verano, desde la Piccola Osteria de Monacizzo (aldea salentina en el sur de Italia). Literalmente “ostería“ proviene del latín hospedar y podría encontrar un parecido con tascas o tabernas  “a la española” que hospedan el auténtico teatro de la vida. Aquella noche cenaba yo en la terraza, ubicada en la mismísima sagrada de la iglesia del pueblo. En la postal hacía referencia a esta manera que tenemos los mediterráneos de bajar al piso (o a una sagrada) para reivindicar lo humano, guiñando el ojo a la estatua del santo y dejándose admirar por los vecinos sentados en los portales tomando el fresco. Y todos contentos.

La anécdota veraniega propicia una reflexión sobre el concepto de “espacio público” y sobre las circunstancias en las cuales este se reconfigura simbólicamente y pragmáticamente, resemantizándose para convertirse en “espacio comensalístico” a través de la terraza de un restaurante. De esta manera viene a ser un territorio destinado a poder hacer vida, a exhibirnos y a conectar con el otro. Solo así, el “espacio público” vuelve a ser “calle” en su plenitud: un espacio para la exposición y explosión de la vida que se manifiesta en prácticas convivenciales y encuentros entre vecinos. Son relaciones necesarias, raramente neutrales porque nunca sabemos qué sorpresas nos reservará el desenlace de una sobremesa italiana.

En la antropología urbana, interpretamos el “espacio público” como una codificación de los vacíos urbanos que preceden o acompañan todo entorno construido, con intenciones ideológicas evidentes, a medida que se va neutralizando el uso de la calle como espacio destinado a la prolongación de la vida cuando ésta reclama “salir fuera”. Desde Gastropología, recalcamos cómo la realidad urbana no es lo que se cree de ella o lo que de ella se representa. “Lo urbano”, entendido como una dimensión próxima a la vida cotidiana y la expresión radical del espacio socializado, lleva a poner el énfasis en la naturaleza improvisada de ciertas prácticas espaciales que subvierten el sistema que provee la planificación urbanística.

El uso específicamente humano del espacio público consiste en transformarlo, en crearle un contrapunto funcional, y – si fuera necesario- en contradecirlo para contextualizarlo. Y frente al control que se extiende en el espacio público, el bar viene a ser la extensión de la calle justo cuando se pretende hacer de la calle o de la plaza un espacio estandarizado sobre el cual proyectar decisiones que van de nuestras vidas.

La “calle” está hecha para territorializarse y gastarse. El “espacio público” es ideología. La distancia que se pretende imponer entre colectivo e individuo se enmascara de forma compensatoria, en nombre de un “orden”. Es una construcción artificial que atenta a la libertad de identidad individual y de su concreción colectiva en ciertas iniciativas. Como las de poner una terraza donde antes no había nada. Vuelvo a mis fragmentos estivales y me pregunto: ¿Cómo se hace posible la existencia de una isla gastronómica flotante en el entramado de las calles del pueblo? ¿Y la de parasoles de color marfil – como en las telas de Canaletto- en el medio de la plaza San Marco en Venecia convertida en un refinado dehor, ganando terreno a la vida para la supervivencia de los cafés históricos? ¿Y cómo es posible en Roma obtener en sólo 24 horas un aumento del 35% de la ocupación de espacio público destinado a la terraza, registrando el mínimo histórico de sanciones? Desde luego también el policía municipal echaba de menos su expreso de media mañana.

Doy fe de lo que relato: un nuevo microecosistema dotado de consistencia concreta, que puede autoestructurarse y encontrar su manera de acompasarse a otros ritmos vitales en un orden sencillamente perfecto. En estos entornos de “consumo convivencial”* el único abuso es la obstaculización de estas prácticas por parte del control que pretenden ejercer ciertas franjas de la administración pública en nombre del decoro urbano. Esto corre el peligro de traducirse en una defensa de lo que está muerto a detrimento de lo que está vivo. Se resuelve así con agilidad la pregunta: ¿quién es el verdadero intruso en este espacio?

Esta posibilidad se hace realidad tangible,

  • cuando se reconoce que la restauración es un ámbito que participa del diseño urbano en su conjunto, que se integra -en su proyección hacia el exterior- con las cualidades arquitectónicas y funcionales del espacio público de forma temporal o permanente, que ensalza así su riqueza histórica, que juega con el arbolado, el mobiliario urbano, los portales o la iluminación fija constituyendo el verdadero atractivo para el tránsito peatonal y no un estorbo.

  • desburocratizando el sistema en pos del dejar convivir para que la gestión municipal sea una aliada y no un estorbo.

Aquella postal habría llegado ya a la calle del Mar, 29 de Barcelona siempre y cuando, La Peninsular (Bodega marinera de La Barceloneta) siguiera abierta al público.

Pierde el barrio, pierde la calle, pierde la ciudad, pierde la vida y por no ganar, no gana nadie.


Federica Marzioni

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